domingo, 3 de abril de 2016

Para Rosa desde el corazón.

    La memoria me trae a este momento historias de cuando chaval, a penas un adolescente recien estrenado. En un piso de los de siempre, de aquellos que con esfuerzo se adornan con lo imprescindible, lo que todos nuestros padres de aquella tenían. Un salon con su mueble de madera, un comodo sofá, una mesa desplegable con su media docena de sillas a juego, para cuando se junte la familia en algo que festejar. Allí conocí a estos seres humanos, una tarde de entre tiempo, fresca tirando a fría.                      Un matrimonio siempre junto, pegados el uno al otro, dos Leoneses que, al igual que nosotros, había venido a parar al centro de España. Mi amigo y compañero de duo musical Jesús, me presentó a los suyos, nada mas llegar, si madre, Rosa, nos puso de merendar unos sandwiches y algún refresco, sonriendo iba y venía de la cocina como sorprendida a la vez que alegre por conocer a un paisano suyo, que casialidad que yo fuera de León también.
    Tras ensayos y algún que otro concierto por los alrededores con nuestro grupo de dulzaineros llegó el verano. Estando ambas familias en el pueblo un fin de semana, pasó Jesús con su padre de buena mañana en en su ford Orión de color azul por mi casa, pararon y me invitaron a ir al suyo a comer. Desde mi pueblo hasta Palanquinos no hay mucho más de una treintena de kilómetros, allí me presenté a eso de las doce y media, justo estaban limpiando el jardin de la entrada de malas hierbas y reponiendo edto aquí, aquello allá. En seguida subimos a la casa, era enorme, con un pesado tejado de pizarra asentaba con justicia aquel caserón al suelo, sito junto  a las vias del tren. Recuerdo que comimos unos increibles macarrones hechos, como no, por Rosa, buena madre y gran cocinera, y con aquella misma sonrisa y una manera de mirarme como orgullosa, pero de un modo placentero y educado. Tras comer y degustar unos embutidos de la zona, me comento Jesús que si no me importaba que tocásemos allí el día de los quintos, yo acepté sin dudarlo, y así quedamos. Me despedí de todos y regresé a mi pueblo a últimahora de la tarde.
   Siempre mantendré recuerdos de situaciones, hay muchas, como en aquella capea, el miedo de ver a Jesus con las vaquillas, no se, siempre alerta. Desde allí observa, cuida, y a buen seguro sonríe. Un enorme abrazo, millones de besos, para ti Rosa, y para todos vosotos familia, en mi corazón estais por siempre.

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