viernes, 9 de septiembre de 2011

SEPELIO DE MI ABUELO (primera parte)

   
     En el  fondo de la habitación se dejaba ver el ataúd, era la primera vez que iba a un entierro, mis padres decían que no pasaba nada, que parecía como cuando estaba dormido, pero mi abuelo era hombre de poco dormir, y nunca supe bien como estaba cuando dormía, así que no sabría muy bien, si esa explicación me serviría de algo. Papá me puso su mano en mi hombro... y como si de algo habitual se tratara, me fue acercando poco a poco , sin prisas, para qué? si ya no hacía falta...., era de un color marrón entreoscuro y... no lose , de color a madera, eso sí , con mucho brillo, a mi abuelo le encantaban las cosas brillantes, en casa las paredes se pintaban con muuucho brillo, como las de los árabes, si..., los que salen por la tele, mi abuela le decía que aquello parecía una disco de moda, y no la gustaba demasiado, pero él no hacía caso. Los herrajes estaban latonados , como de oro, y muí relucientes, si te acercabas, podías reflejarte en ellos con toda seguridad, estaba situado sobre una especie de borriquetas, iguales a las de los albañiles, pero estas eran  mejores, y más bonitas , donde va a parar..., unas flores cubrían parte de la zona superior, rosas blancas, que eran las que le gustaban a la abuela, porque él, no era de flores , decía que para qué, si pronto se marchitarían, y nadie las iba a oler, y en cierto modo tenía razón, pero la ilusión de ella era que estuviese lleno de esas estupendas flores, y como él no podía protestar...pues bueno , allí que se quedaron.
    Un órgano se encargaba de hacer sonar una leve melodía, que nunca supe por cierto que tema era, sonaba sin más, nada concreto, pero hacía más amena la espera mientras iban llegando el resto de los familiares y amigos. Todos tenían la misma intención, dar el último adiós a ese hombre que era bueno.
    Recorrí mentalmente toda la estancia, deteniéndome en lo más importante, las miradas de los más allegados decían un mensaje muy importante…. Que todos y cada uno de nosotros está en este mundo de paso. Palabras de alivio se registraban por todos lados, mientras la mayoría de los allí presentes, se dedicaban a contarse las cosas que les habían sucedido desde el último… digámoslo así, momento de reunión familiar, todos haciendo corrillos, a mi abuela le fastidiaba muchísimo, decía que parecía la corrala de un bar de pueblo. Yo estaba un lado, observándolo todo…. Como  de costumbre, decían de mí en casa, que de tanto quedarme mirando a la gente , un día me iban a decir algo grosero, y es que es cierto , me quedo muchas veces clavado mirando a alguien , pero no es por nada en especial, es solo para escudriñar en sus gestos al hablar, el movimiento de manos, muecas , esas cosas en las que nadie se fija, y todavía lo continuo haciendo…. Y aquel era un sitio estupendo para hacerlo, nadie se fijaría en mí.
    Parecía de todo menos un velatorio, comida por todas partes, si , esos pastelitos hechos al horno… no me acuerdo de su nombre ahora mismo, pero cuando lo haga… un licor dulce se repartía de mano en mano, es la costumbre, nada del otro mundo, pero a mí me parecía… no sé, como de mal gusto, ese no era el momento de brindar por nada, y además mi abuelo no era bebedor, ni nada por el estilo, así que nunca entendí esa tradición ancestral, pero bueno, así era y continuará siendo. Yo decidí aceptarlo hace ya mucho tiempo, aunque a día de hoy, todavía se continúa haciendo.
    Un pequeño revuelo se armó, miré a todos lados…. Quien podría ser?, imagino que alguien importante… ,pero no lograba ver nada, mi estatura era todavía por esa época más bien escasa. Vaya…. , al fín, se trataba del sacerdote, con su ábito de ese color tan negro, repleto de botones de arriba abajo,  parecía un cuervo, solo le distinguía ese alzacuellos blanco como la leche, y su sombrero con ala ancha  redondeado por su parte más alta, lo llevaba en la mano izquierda, porque en la derecha portaba su biblia, que siempre llevaba encima , por si algún sermoncete debía dar a alguna de sus ovejas algo descarriadas. Con paso seguro y firme, seguido de su séquito particular entró en la sala y se colocó en un improvisado púlpito, debidamente recubierto con una tela lánguida y fría, depositó el sombrero sobre una silla, colocó su biblia sobre el púlpito, la abrió por una página adecuadamente preparada….. y tras apoyar sus manos sobre esta, dijo con voz profunda y grave…  ¬¬¬¬ hermanos¡¡¡¡¡, estamos hoy aquí reunidos…. Yo no sabía que daba lo mismo, que fuese un funeral o una simple misa, pero el comienzo no variaba e absoluto.. , me pareció un poco, digamos que pobre y parco, ya que era una escena excepcional, porque hombre… digo yo,  que uno no se muere todos los días.
    Habiendo finalizado la breve pero concisa charla habitual en todos los curas, y habiendo dado esa especie de mini misa…, se dirigió al féretro, ayudado de su hisopo, comenzó a lanzar a diestro y siniestro gotas de agua vendita por toda la caja de madera, mientras hablaba como para sí, en un tono entre cortado… para que solo lo escuchase el divino redentor, con el ataúd todavía abierto, invitó a todos cuantos allí se encontraban , a darle el último adiós al bueno de mi abuelo. En fila, igual que en el colegio, cuando nos daban pan con chocolate las monjitas a media tarde, mi padre me cogió del hombro, y casi a empujones me introdujo en esa fila….. yo miraba hacia abajo…. Como no queriendo ver lo inevitable, nos acercábamos cada vez más, y yo no hacía más que recordar su cara arrugada por los años, esa dulce mirada que solo los ancianos como mi abuelo poseen, la boina ladeada, y sobre todo sus manos, firmes a pesar de las décadas de duro trabajo, pero al tiempo delicadas, por haber sido músico gran parte de esa vida, cajista profesional, rufista en el servicio militar, y luego, amenizador, junto a otros tres compañeros, de bodas y bautizos de la época. Lo hacía muy bien según cuentan en la zona, que siempre estaba ensayando en el patio de la casa algún nuevo cambio o cruca de paloteos, le gustaba lanzarlos al aire, y recojerlos después sin perder el paso, esos palos negros de ébano, con un capuchón dorado, que abrillantaba cada día con un paño mojado en quien sabe que ungüento, redoblaba ese tambor como si el mismo dios le hablase, con dulzura, o apasionadamente, golpe seco, recorte un mordente, las jotas y los pasodobles los bordaba…. Les daba ese toque de gracia que obligaba a bailar, a todo el mundo, haciendo de cada paloteo de sus baquetas, un empujón para esas piernas cansadas ya de tanto trote por la festividad del momento. Cuentan también , que cuando el batería de algún grupo que por la zona deambulaba, tenía algún problema con alguno de sus parches, todos le mandaban a casa del tío Esteban, conocido en toda la comarca por su destreza y sensibilidad como percusionista, y el , como si nada, le reparaba ese tambor como si suyo propio fuera, dejándoselo afinado y listo para hacer la velada agradable a todo ese público cansado de trabajar toda la semana. Siempre estaba liado, en la comida, como mi abuela tardara en servir la comida, ya cogía dos cucharas y se ponía a repiquetearlas, y a hacer extraños ritmos al tiempo que entonaba cánticos de esos campos de las tierras leonesas, donde se relataban picarescas, sátiras o que aceres de la época. No tenía descanso en su inventiva, en la sobremesa, siempre andaba liado don una baraja, inventando nuevos trucos para cuando por la noche viniesen los vecinos a casa a charlar y quién sabe,  si no a esperar, a que mi abuelo les sorprendiese con otro nuevo invento. Aunque ya todo eso quedó en el recuerdo, porque quien ahora estaba allí postrado, era el, y no otro, como mi abuelo decía: ___ mientras lo vayamos contando…., jejejeje, que jodío mi abuelo, tenía salidas para todo el tipo.