martes, 4 de octubre de 2011

Sepelio de mi abuelo (continuación de la primera parte)

Cada vez más y más cerca estaba, ya solo dos personas delante de mi, yo miraba de erre ojo a padre, el no me soltaba el hombro, menos mal, no llego a ver nada, menudo alivio... pero sin más, me veo elevar, era mi padre que cojió de las axilas,  me puso en el sitio y altura correctos, que imagen¡¡¡,jamás podre olvidarla, esa carita sumida, de un color pálido algo amarillento, los ojitos casi cerrados, dejaban entre ver un destello de brillo apagado, el lavio inferior mordido, como no queriéndose retirar de este mundo, una última bocanada de dulce aire recorrió esos pulmones secos de tanto tabaco quemado. Del mismo modo llegué al suelo, continuo caminando en esa fila fría y callada, un último adiós obligado se quedó grabado en mi mente para el resto de mis días...

    Me sentaron en una silla de madera dura con el respaldo arqueado, los pies colgando, el trajecillo  estirado, el brillo de mis zapatos se movían con un balanceo colgado, el lazo de los cordones bien apretado y perfectamente cuadrado en su justo lugar. Miro a todos lados, queriendo reconocer a quien más me reconforte, pero nada, solo caras de vista lejana, la habitación se me hacía estrecha, casi asfixiante, el nudo de la diminuta corbata me apretaba con fuerza la garganta, notaba las manos algo frías y sudadas. Quieto sin moverme demasiado, no sea que me obliguen a entrar en esa fila de reos, hubiera preferido recordarle como siempre, sin rodeos ni malos entendidos, directo como lo sentía...

    Una mano tocó mi hombro, miré a mi izquierda con temor, vaya¡¡¡¡, era mi tío que me reclamaba  indicándome salir fuera, yo acepté con gusto deseoso de huir de ese embrollo cuanto antes...  me puse en pie cabizbajo, queriendo guardar las formas, sigilósamente fui deslizándome por la sala hasta llegar al pasillo, alfinal de este estaba la puerta, entre abierta parecía una luz al fondo del tunel, esperanzado llegé a ella,  la abrí, y salí al porche del patio intrior con la cara diferente creo, mi tio sonrreia sabiendo el mal trago que había pasado.

    Allí fuera todo eran murmulos de mayores, mis primos todavía no habían llegado, vivían al otro lado y era época de cosecha, seguramente estaban algo atareados y ya no cabían las prisas, yo me encontraba solo, con tanto gigante sordo, necesitaba alguien de mi idioma de niño, ellos no saben de nuestras formas sencillas, son baratos en sus conversaciones, solo hablan del duro trabajo, de lo mal que siempre andan las cosas, de política barata, delos campos astiados, de las subenciones del estado, de esas cosasque en realidad a nadie interesan y ni comprenden en realidad. Nosotros los niños hablamos de cosas de más altura, donde va a parar, no necesitamos apariencias de sabio mengüado, ni de altezas vanas, solo jugamos a ser mayores en un mundo hecho para los medianos de talla y de espíritu.


   Algo aburrido pero un poco más tranquilo me dirijo del patio a la calle por esos portones de madera, hechos para que por ellos cupiesen los carros llenos de paja para las camas de las bestias, se abría una sola hoja para tener otras luces en el interior del caserón labriego. La acera era algo estrecha, por la carreterilla principal pasaban jinetes al galope en sus bastos caballos de tiro, carros a rebosar de alfalfa, trigo, o remolacha azucarera... otros a pie con el azadón al hombro, o con un cestillo de mimbre para recojer algunas frutas, lechugas o patatas para el sustento diario, me llegan saludos de todas partes por quienes no conocía de nada, pero en esos pueblos ya se sabe que todos te conocen y tu no sabes de nadie.

    La brisa suave mecía las ramas de los árboles de la plaza, en ella una cabina telefónica de esas de monedas, junto a esta una hilera de chopos daban sombra en la época estival. Más al fondo un pequeño tenderete de hormigón y madera en su tejado hacía las veces de escenario en las fiestas patronales, allá por mediados del mes de Junio creo si no mal recuerdo, en ambos lados unos bancos de madera teñida adornaban ese paisaje digno de cualquier pintor, cosa que jamás entendí, si la sombra estaba en los chopos.. por qué los bancos estaban al raso?, cosas de los arquitectos del ayuntamiento, que como ellos no se sientan al sol... pues unos bancos bajo esos estupendos árboles no vendría nada mal, y esto lo dice un niño de a penas ocho o nueve años...  De toda aquella fotografía me llamaba la atención especialmente una fuentecilla de un solo caño, en ella abrevaban los animales tras su trabajo diario, en un lado de la fuente y separado de estos, un ricón muy especial pensado para lavar la ropa a mano, en esta zona las mujeres sacudían con esfuerzo las telas enjabonadas para sacar de ellas todo ese sudor obligado en los campos leoneses de antaño.


 









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