martes, 4 de octubre de 2011

Sabores de antaño... Titulo de la obra, con su primera parte y comienzo sepelio de mi abuelo lo

    Pasa la luz a través de los cristales, se refleja en mi cama, como dibujando su figura, juego con mi mano a cortarla, despacio... una y otra vez, asta notar su movimiento, la sombra la persigue incesante , que boba, nunca la atrapa. Un viejo reloj de pared marca las pautas, su típico sonido nos une, todavía hoy en día lo escucho,me trae malos recuerdos con sabor a vinagre y madera. El tic tac, es inconfundible, metido en mi memoria se hace eterno, tranquilizador si cabe, familia, infancia, navidad, frío, nieve, pueblo, campo...

    El sonido del caminar por la vieja casa de suelos de madera de la de antes, tablas  a golpe de martillo clavadas, chirriantes serrines compactos. Desde mi cama, cuando se hace la noche, se puede ver la luz entre esas maderas, como timbres en el tiempo, dejando caer en nuestros sueños lo más antiguo de los recuerdos, añejos, casi olvidados, pero certeros en nuestras costumbres acaudaladas. Si imaginamos el momento, podremos entender las cosas de nuestro tiempo, el porqué, o el qué no, son costumbres de antaño, desde los viejos tiempos, de cuando todo sabía a madera, pimentón agridulce y terruño.

    Todavía puedo ver a mis ancestros recorrer todo el terreno, a lomos de la yegua, rubia de nombre, y nerviosa de mote, lista como la que más, asta sabía abrir el portón de la entrada, pero no recordaba lo que enganchado llevaba, y contra el esquinazo lo estrellaba, dejando esas marcas, que todavía están presentes. Recuerdo a los más pequeños correteando, jugando con un palo y una cuerda colgando, haciendo las veces de látigo, para imitar  quien sabe , si al llanero solitario, de esas series americanas, que se dejaban mal ver en los televisores en blanco y negro, a los labradores sesgar las vidas de los pobres trigos, para poder hornear después de convertido en harina, ese pan antiguo, de leña en su horno metido. A todos ellos, sin excepción llevo, metidos en mi corazón y mis más viejos recuerdos, de esa época en que los niños dejan de serlo, para no llegar a ser mayores, quien sabe, si nunca en su vida.

    La casa era enorme, la fachada de adobe y piedra, grandes estancias, frescas, oscuras, llenas de recuerdos, de fotos de vírgenes y nietos, de sabor a pueblo, de olores a campo cultibado, a trigo recién trillado. Corredores en la segunda planta nos llevan a otras abitaciones, dormitorios los llaman, donde se duermen esas siestas de verano sofocado. En la planta baja, la cocina de carbón, de las que ya no se hacen, calentitas en invierno, dejando los cristales chorreando de sudor, de calor humano,de esos vahos, a comida de pueblo, hirviendo en esas hollas de cobre, o de barro de alfarero mañoso, que puestas en esos fuegos nos dan el confor y sacian el apetito, volviendo loco al más civil de los urbanitas. Ala izquierda de la cocina, sin necesidad de salir de ella si no se desea, se encuentra la habitación más fria de la casa, la llamaban la fresquera, allí la fruta sabía distinto, comorecién tomada del arbol, con todo su sabor guardado, pegada a la pared de la derecha, una cama donde dormir a pierna suelta en pleno verano.

    El patio intrior era grandioso, todo solado de hormigón, a la izquierda, los establos, donde descansaban las bestias tras el duro trabajo. Sobre estos, el granero, donde se guardaba la alfalfa en balas perfectamente ordenadas, desde un agujero estudiado, se dejaba caer justo encima del pesebre el alimento de esos animales hambrientos. Siguiendo esa fachada acia el norte, el gallinero, enorme y alto, lleno de palos en horizontales lineas, en el suelo tras unas maderas cavalmente colocadas ,los nidos de las ponedoras.

    En el fondo del patio estaba el taller de las herramientas, donde estaba aparcada la máquina limpiadora, qe hacía las veces de trillo, funcionaba a base de cribas que iban limpiando la mies, hasta dejarla limpia y separada del resto de impurezas, funcionaba con un motor de gasolina, improvisado con una bomba de sacar agua, adaptándola con inteligencia rural. En la pared todo tipo de herramientas colocadas sobre un mural de madera, en las tardes de siesta, recuerdo a mi abuelo, que era de poco dormir, como picaba la güadaña mientras el resto dormían plácidamente, o si no, se ponía a sacarle brillo a su viejo redoblante de metal y piel, dejándolo reluciente ast ahacer casi daño a la vista cuando bajo el sol ensayaba sus redobles y paloteos con habilidad de un maestro de lo s de antes, cuando el pan era amarillo y el franquismo hacía de las suyas entre los hombres buenos.

    A la dercha del  taller y bajo el fresco suelo, se encontraba la bodega, en su entrada un pequeño  horno para hacer el pan diario dominaba la estáncia, justo a la entrada y un poco a la izquierda, tras él, la puerta de esa bodega, en su interior no encontamos con dos o quizá tres cubas de vino y una pequeña para hacer el vinagre, transformada años despues en alacena y despiece del cerdo en su matanza por navidades. El suelo se puso con hormigón para quitar el polvillo de la tierra, se secaron las cubas y de adorno quedaron, ya no merecía la pena guardar sus caldos, en la cooporativa te lo traias cuando quisieras. Se cerró un buen día la puerta y no se abría demasiado, como si se supiera de ante mano que su labor había finalizado y ya era hora de su descanso...

    Saliendo de la bodega y mirando a la izquierda, la habitación donde se cogaban los chorizos , lomos costillares y jamones para su cura, en el fondo una chimenea con unas baras en lo alto para colgar en ellas lo que se quisiera ahumar, que es costumbre en Leon, dar ese toque en el sabor un tanto especial, se hacía humo con no sé muy bien que ramas o arbustos, ahogádolos sin que llegasen a arder para de este modo sacarle el humo y llenar esa chimenea para el ahumado de lo allí colgado. Lo que recuerdo desde siempre, es la antena de televisión puesta en el fondo del tejado, erguida ante el cielo para que se viese el baloncesto en esa tele en blanco y negro de aquellos años. A mi abuelo le encantaba ese deporte, es lógico , él era de una estatura considerable, espigado y seco en sus facciones, de habla directa y llana, sin tapujos ni tonterías, con pocos radeos en lo que viniese a bien decir. Aunque cariñoso y amable para con los suyos, siempre andaba haciendo gracias, juegos de cartas y malabares con dos cucharas o con lo que pillase a mano.







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