domingo, 3 de julio de 2011

Segunda parte de A plena luz, FLOR SALVAJE se titula esta vez


    El  sonido del chirriar del cartel de la taberna, ya oxidado y con algunas abolladuras fruto de algún disparo fortuito, se dejaba oír antes de llegar a la pasarela, más allá se dejaba entrever una ventana, se trataba de la barbería der Sr. Scott, allí se reunían a charlotear de las cosas que por allí acaecían, apoyado en el marco del ventanal, reposaba mientras se contaban historias cotidianas.  Justo al lado, la tienda que abastecía a toda la ciudad de productos venidos del otro lado del charco, y como si de un escenario dantesco se tratase, por allí desfilaban todo tipo de personajes, cada uno con su historia particular, forajidos, damas del mas distinguido copete y todos los granjeros de la zona que bajaban al pueblo a por los productos más diversos.  Continuando por el mismo lado de la calle, allí estaba, la sastrería del Sr. Lancott ,con su impoluto escaparate color vainilla como queriendo llamar la atención de los paseantes con los bolsillos llenos de dinero de todo un invierno de duro trabajo.

    En la acera de en frente se encontraba la pequeña cárcel, dirigida por el hombre de ley más temido por forajidos y ventajistas en el juego, su fe en el respeto de las leyes era férrea, dado a su educación estríctamente militar.  No era un hombre muy hablador que digamos, mucho menos amigo de contar sus secretos más íntimos, pero era noble en sus actos, fiel a su palabra y desde luego, amigo de sus amigos .Pero no todo era bueno en él, cuando se le pinchaba ,saltaba como un resorte, instantáneamente, como un clic dentro de su resabiado cerebro, pero solo duraba un segundo, el tiempo suficiente como para decidir entre sacudir su pistolera, o zarandear a su oponente lo necesario para poder enviarlo a dormir por unas horas a una celda en su vieja cárcel, a veces, en cambio, lanzaba una mirada a los ojos del oponente, que helaba al mismísimo infierno, dejando bien claro quién mandaba allí, y si las cosas se ponían feas, a mano tenía a su fiel compañero que  no dudaría ni un solo segundo en entrar en el juego para, de ese modo, terminar en un solo clic con cualquier discusión subida de tono, dando lugar a la entrada en el juego al viejo sepulturero Duncan que, con aire distinguido, como simulando un cortejo, llegaba seguido de su séquito particular para recoger lo que de aquel pobre diablo pudiere quedar, dándole cristiana sepultura en el pequeño, pero repleto cementerio en las a fueras de la emergente ciudad.

   Hoy amanecía un día un tanto especial en Charlton City ,era día de mercado ,allí se reunían todos para poder hacer negocios de ganado o trueques entre los más diversos productos, pero sin duda alguna, lo más interesante del día, era encontrarse todos después de la jornada para disfrutar placenteramente de un trago, y la taberna era el sitio ideal para ello, el golpeo de las ya desgastadas teclas contra las cuerdas de una pianola que ,cada día,  hacían disfrutar de los bailes furtivos de las damiselas de préstamo al contado, paseantes entre los caballeros allí expuestos, la ruleta con su característico clic clic clic clic del golpear de las cartas contra los laterales, haciendo confundir a más de uno en las mesas contiguas ,donde se jugaba realmente fuerte. En la mesa más al fondo donde se encontraban los cuatro de siempre, si tramposo era uno, aun mas lo era el otro, pero nunca hubo problemas entre ellos, unas veces ganaba uno, otras el otro y así pasaban esas tardes de  bien merecido ocio mientras el whisky corría de lado a lado del salón mientras, una suave y dulce voz cantaba viejas canciones que hacían revivir antiguos amores ya perdidos entre los lamentos del olvido, aquejados por la angustia detonada por el alcohol consumido.
   
  En la planta superior la cosa cambiaba bastante ,tras las puertas, se podían distinguir los que aceres de las jóvenes acompañantes, entregadas a su tan antiguo oficio.  En el fondo del largo pasillo, donde la luz apenas llegaba , estaba situada una ventana por donde salían corriendo, en cueros, los descubiertos en situaciones comprometidas, dejándose más de uno sus partes pudendas doloridas a causa de la madera astillada del habitual uso.  Junto a ella, la puerta de los aposentos de la meretriz mas cultivada del valle de los gemidos, por algún que otro caballero afortunado, que sin duda alguna, su chequera ha visto mermada por el servicio prestado.  Desde la barandilla del pasillo se podía divisar todo el salón, en esa posición , casi imposibilitaba que se le escapase algún detalle al dueño del local, era imprescindible la buena armonía para mantener contentos a sus sedientos clientes, que sin duda alguna volverían a gastar allí parte de sus ganancias que tan duramente habían conseguido con sus negocios mañaneros.

   Tras una roca, a cubierto de las silbadoras errantes, estaba un soldado cualquiera, temeroso  de Dios y los injustos, otea con suma cautela, sin dejar de lado ni un solo movimiento de los contrariados revolucionarios de la paz. En el horizonte descubre una insignia con algunas estrellas, sin dudarlo un segundo, apoya la culata de su viejo fusil contra el hombro ya cansado, aprieta los dientes y…….    Bang¡¡¡¡¡…  suena un disparo, seco rotundo y certero, entre la confusión cae un cuerpo al suelo y tras unos segundos , una mancha roja cubre parte del  pavimento junto al cuerpo sin vida del coronel.

   Con la rapidez del rayo, cambia su posición para no ser descubierto, apostándose y volviendo a disparar repetidas veces y así desconcertar al enemigo que, desorientado por lo acontecido no acierta a atisbar la procedencia de los mismos.  De un silbido reclama la presencia de su corcel y sin tiempo para contemplaciones salen del embrollo dejando una estela de muerte y desolación esfumándose en el horizonte como si de un fantasma se tratase.

   Ya de vuelta en el fortín, y tras sacudirse el polvo de la larga cabalgada, entra en los aposentos de su coronel, allí da novedades sobre lo acontecido, recibe de las manos del ayudante un sobre lacrado con el sello inconfundible,  de los que mandan desde mucho más arriba, sin decir palabra alguna, se cuadra dando el taconazo esperado, media vuelta y con aire distinguido sale de allí y retoma su viaje con otra montura de refresco, levantando una nube de polvo y desconcierto.

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