El suelo reseco se rompía bajo mis pies, la jornada había sido larga y el sol apretaba todavía con fuerza a pesar de estar atardeciendo. Las botas pesaban y la mochila tiraba hacia atrás mientras la espalda dolía incesante, el pañuelo lleno de polvo arañaba el cuello y escocía por el sudor reseco de todo el día, el sombrero retirado de su sitio da un falso frescor momentaneo. Al fondo ya se deja ver la casita de madera y paja donde pasar la noche, en la entrada, a su parte derecha, una especie de tronco cortado hacía las veces de asiento, la puerta entre abierta dejaba pasar una luz tenue que a penas dejaba ver el interior. Tras empujarla con cuidado y entrar pude ver con más claridad lo que su interior escondía, una mesa con tres sillas desiguales, una estantería, un camastro cerca de la pared y una lámpara de aceite colgada al lado de la ventana. La pesada canana es soltada sobre la mesa con cuidado de no perder ninguna bala, un machete afilado cuelga del cinturón de cuero curtido. El viejo fusil es apoyado cerca del cabecero de la cama para tenerlo a mano por si las circunstancias se ponen difíciles tenerlo a mano, quien sabe si algún animal hambriento se acercaría con sigilo para atraparme, yo por si acaso lo tengo todo a mano.
Tras refrescarme un poco preparo una cena ligera, poca cosa, unas judías enlatadas y un poco de carne acecinada, pero aquí cerca de la lumbre se está agusto. Nada mas terminar la cena preparé la cama, nada del otro mundo, una piel de bisonte que siempre llevaba con migo.
La mañana era fresca a pesar de los rayos solares que aunque tímidos se hacían notar y se agradecían, el aire puro llena los pulmones permitiendo que el aroma a naturaleza lo enbriage todo. Enla parte trasera se prepara la leña cortándola en trozos de a cuarto para que esa chimenea no deje de arder en ningún momento, un poco más a la izquierda un arbol que parecía haber sido puesto a propósito daba una sombra que llamaba a sentarse a su lado, desde allí se podía disfrutar de una vista magnífica de todo el páramo, tonos amarillos y verdosos no refrescaban esa sensación de sequedad en la respiración, aunque estaba en un oasis no podía dejar de sentir la abrasante arena bajo mis pies cansados..., ese recuerdo es imborrable por muchos años que pasen. me senté un rato en la entrada de la casa con un café caliente bien cargado mientras me secaba el sudor de la frente, menuda contradicción, pero el estómago agradece ese placer a pesar de la temperatura.
Unas ramas se movieron de repente, se cacudieron poniendo el corazón en un puño, heché mano a mi cinturón y de inmediato me di cuenta de que no estaba, lo dejé sobre la mesa, por un instante me setí desnudo, atemorizado..., a su vez vi con estupor como salía una silueta de mediana estatura..., me quedé petrificado, era un puma, esbelto y de un color amargo, su porte era firme y seguro. sabía de su potencial, se acercó a mi a unos diez o quizá doce metros..., me miró fijamente a los ojos, era una mirada de las que no se olvidan con facilidad, así nos quedamos cerca de medio minuto, yo tenía tenso hasta el último de mis músculos, era el momento , ahora o nunca, di ul salto hacia a trás volteándome sobre mi mismo, me levanté como un rayo y me metí en la casa cerrando con fuerza la puerta de madera. El felino se abalanzó sobre mi posición pero llegó tarde, la presa había escapado por los pelos. Amartillé mi viejo fusil y lo asomé por la rendija que había en la ventana que daba a la entrada pero ya no vi nada, solo sentía mi propia respiración y como bombeaba con fuerza mi corazón atemorizado.
Tras refrescarme un poco preparo una cena ligera, poca cosa, unas judías enlatadas y un poco de carne acecinada, pero aquí cerca de la lumbre se está agusto. Nada mas terminar la cena preparé la cama, nada del otro mundo, una piel de bisonte que siempre llevaba con migo.
La mañana era fresca a pesar de los rayos solares que aunque tímidos se hacían notar y se agradecían, el aire puro llena los pulmones permitiendo que el aroma a naturaleza lo enbriage todo. Enla parte trasera se prepara la leña cortándola en trozos de a cuarto para que esa chimenea no deje de arder en ningún momento, un poco más a la izquierda un arbol que parecía haber sido puesto a propósito daba una sombra que llamaba a sentarse a su lado, desde allí se podía disfrutar de una vista magnífica de todo el páramo, tonos amarillos y verdosos no refrescaban esa sensación de sequedad en la respiración, aunque estaba en un oasis no podía dejar de sentir la abrasante arena bajo mis pies cansados..., ese recuerdo es imborrable por muchos años que pasen. me senté un rato en la entrada de la casa con un café caliente bien cargado mientras me secaba el sudor de la frente, menuda contradicción, pero el estómago agradece ese placer a pesar de la temperatura.
Unas ramas se movieron de repente, se cacudieron poniendo el corazón en un puño, heché mano a mi cinturón y de inmediato me di cuenta de que no estaba, lo dejé sobre la mesa, por un instante me setí desnudo, atemorizado..., a su vez vi con estupor como salía una silueta de mediana estatura..., me quedé petrificado, era un puma, esbelto y de un color amargo, su porte era firme y seguro. sabía de su potencial, se acercó a mi a unos diez o quizá doce metros..., me miró fijamente a los ojos, era una mirada de las que no se olvidan con facilidad, así nos quedamos cerca de medio minuto, yo tenía tenso hasta el último de mis músculos, era el momento , ahora o nunca, di ul salto hacia a trás volteándome sobre mi mismo, me levanté como un rayo y me metí en la casa cerrando con fuerza la puerta de madera. El felino se abalanzó sobre mi posición pero llegó tarde, la presa había escapado por los pelos. Amartillé mi viejo fusil y lo asomé por la rendija que había en la ventana que daba a la entrada pero ya no vi nada, solo sentía mi propia respiración y como bombeaba con fuerza mi corazón atemorizado.